OAPEs frente a ONGs

Infokrisis.- ¿Qué es una ONG? Sea cual sea la definición que Wikipedia da de ONG, hoy sabemos a ciencia cierta que una ONG es una organización que vive casi completamente de subvenciones públicas y en la que una parte importante (frecuentemente mayoritaria) del dinero recibido se destina al mantenimiento de la propia infraestructura (sueldos, hoteles, viajes, dietas, primas, etc, etc) y sólo una cantidad minoritaria va a parar al objeto social definido en los estatutos de la misma. Y, por supuesto, no existen controles estatales ni autonómicos para vigilar malas prácticas. Es frecuente que el responsable del organismo que firma la entrega de fondos a tal o cual ONG, reciba bajo mano un porcentaje de la cantidad entregada, exactamente como ocurre con los cursos de formación de parados. En los casos de ayudas a la “cooperación” la mayor parte de su importe se pierde en comisiones en el punto de entrega, en el país de llegada o en los organismos y personas implicados en la operación a uno y otro lado. A todo esto se le conoce como “la estafa humanitaria” y forma parte de los múltiples canales de corrupción creados al calor del régimen nacido en 1978. La crisis del régimen abre otras vías para la ayuda social.

I Parte: la estafa humanitaria

No somos nosotros quienes lo decimos, sino algunos cooperantes hartos de que otros se coloquen coronas de laurel para mayor gloria de aquel 0’7% propuesto hace 10 años por Zapatero como objetivo presupuestario de la ayuda al desarrollo. La cosa llega hasta la pedofilia, la prostitución a bajo precio y, por supuesto, la estafa pura y simple, si hemos de creer al libro de Jordi Raich (http://www.jordi–raich.com/), El espejismo humanitario, subtitulado La especie solidaria al descubierto.  La obra nos sitúa de forma "políticamente incorrecta" ante un tema de "moda": las ONGs. No es habitual que un cooperante con 20 años de dedicación a la ayuda humanitaria se plantee en voz alta si ésta sirve para algo. La conclusión: señalar la casilla de ONG en las declaraciones de IRPF es tirar el dinero.


No es el primer libro de Jordi Raich. Este cooperante, habitualmente enrolado en Médicos Sin Fronteras, ha pasado los últimos veintitantos años recorriendo todos los escenarios de moda en materia humanitaria. Ha ido de decepción en decepción, hasta cuestionarse finalmente si la ayuda humanitaria tiene un mínimo de eficacia. Sus anteriores libros eran lo que se esperaba de un cooperante, es decir, destinado a promocionar su “producto”. Porque en esta sociedad del espectáculo y en pleno liberalismo extremo, la ayuda humanitaria es un “producto” más.
Raich se ha movido por la antigua Yugoslavia en los peores momentos del cerco de Sarajevo. Ha pasado por los distintos escenarios de crisis del África occidental francesa. Vivió de cerca la “catástrofe humanitaria” de Ruanda y estuvo en Afganistán antes y después de la intervención americana. En Uganda, Somalia y demás lugares olvidados de África, Raich estuvo allí organizando la ayuda humanitaria. Si hay algún español que conoce el tema es él. Raich tiene “credibilidad” y puede creerse a pie juntillas lo que nos cuenta.

¿Sirve para algo la ayuda humanitaria?

No es la primera vez que aparece este tema. La London Economic School lo planteó hace años en un seminario. Raich cuenta que estaba presente en aquel evento y se estremeció cuando una muchacha ruandesa tomó la palabra en el turno de ruegos y preguntas:

“Divagamos en un laberinto sin salida. Si lo pienso con la cabeza les digo que su ayuda es inútil y que dejen de enviárnosla. Sus limosnas sólo nos hacen más dependientes y no resuelven nuestros problemas. Si lo pienso con el corazón les pido que no nos abandonen, que sin ustedes moriremos”.

Raich añade que a la frase siguió un silencio embarazoso. La muchacha había resumido el fondo de la cuestión. A decir verdad, Raich no piensa que la ayuda humanitaria sirva para gran cosa. Sirve para que las grandes empresas reduzcan su cuenta de beneficios y por tanto paguen menos impuestos; sirven también para que promocionen su marca y la unan a algo que está de moda en la sociedad: las campañas humanitarias. Sirve también para que unos cooperantes se sientan importantes y superiores a los receptores de la ayuda. Sirven para que los gobiernos ganen posiciones en los lugares en donde se concentra la ayuda. Salvan alguna vida, pero pocas en relación a la dimensión del problema. Y, lo que es peor, frecuentemente, crean más problemas de los que resuelven. Esto sin contar con que se han dado casos de tráfico de diamantes realizado por algunas ONGs, otras han visto como sus funcionarios utilizaban habitualmente a menores para cubrir sus necesidades sexuales y, por supuesto, que mucha ayuda es completamente inútil.

Raich cuenta que una cofradía de pescadores del País Vasco le ofreció miles de latas de bonito del norte para la población ruandesa famélica. Una buen propuesta y, sin duda, sincera, el problema era que las latas eran individuales y del tipo abrefácil; de aceptar esta ayuda, los campos de refugiados se habrían llenado de miles y miles de latas metálicas, menos peligrosas sin duda que las minas, pero, en cualquier caso desaconsejables para una población que no disponía de calzado. Y, por lo demás, el bonito del norte no figura entre los productos de la dieta ruandesa. En otras ocasiones, el propio Raich recibió a aviones Hércules C130 de la Fuerza Aérea Española cargados con toneladas de galletas Cuétara inapropiadas para una dieta tropical. También vio esquís, donados por el público norteamericano, abandonados… en el Sahara. O biblias en Afganistán. La propietaria de un manantial en el Pirineo ofrecía toda su producción para paliar la sed en África. El problema es que el agua envasada en botellas de plástico saciaría la sed –en caso de que fuera económicamente viable enviarla a África– sino fuera por que los millones de envases de plástico desechables generarían una catástrofe ecológica de similares proporciones. El donante ignoraba que el hiposulfito cálcico utilizado para depurar el agua es la alternativa más realista y eficaz a las donaciones de agua mineral europea. Se ha llegado a enviar salami y morcón de Ávila a zonas musulmanas, helados Mico en aviones no frigoríficos a las zonas más calurosas del planeta y pescado a horizontes que jamás lo han consumido y cuyo metabolismo no lo admite.

Y, en cuanto a las “apadrinamientos” de niños, suponen uno de los peores fraudes: el eslogan hace creer que el donante “apadrina” a un niño concreto, cuando en realidad, su dinero, después de deducirse los gastos de la transferencia bancaria, los salarios de los funcionarios de la ONG y sus gastos en misión, lo poco que queda, se une a un fondo común con el que se construye alguna escuela o se financia alguna iniciativa en pro de la infancia (en el mejor de los casos). Alguno de los donantes, entusiasmado, pide mantener correspondencia con el niño apadrinado, y durante años recibe cartas… escritas por algún funcionario de la ONG. ¿Es posible un fraude mayor? Si, por supuesto… Las páginas de libro de Raich están recorridas por este tipo de estafas realizados sin el menor recato y que, por lo demás, son del dominio público de los cooperantes veteranos.

Como una gota en el océano

Las zonas en crisis son muchas y la ayuda es siempre menor a la necesaria. Y además no dura siempre: dura solamente el tiempo en que la crisis humanitaria está en el candelero, luego disminuye y, finalmente, el cooperante desaparece y el programa se suspende. Dado que ese lugar no vuelve a aparecer en los noticiarios, nadie se entera de que la ayuda ha servido para poco. La persona salvada hoy gracias a un paquete de cereales, muere al cabo de poco tiempo cuando la ayuda cesa.

Además ni toda la ayuda llega a su destino, ni siquiera se distribuye adecuadamente. Raich cuenta decenas de trampas utilizadas por los receptores de la ayuda, para recibir más… parece lógico, en el fondo están hambrientos y necesitados. Pero se entiende mucho menos que en lugar de consumirla, simplemente, la vendan. En las inmediaciones de las zonas “target” de la ayuda humanitaria, pueden verse los productos con las etiquetas de las distintas ONGs en venta aun a pesar de la inscripción “producto no vendible” y nosotros mismos hemos sido testigos en Marruecos, Iberoamérica y Oriente Medio de la venta de “envíos humanitarios” en tiendas particulares.

En toda África la existencia del Estado es una entelequia. Y otro tanto ocurre con las FFAA. La corrupción, el vacío de poder y las unidades militares que hace meses que no cobran su salario y solamente disponen del AK–47 para saquear y robar, son habituales de un extremo a otro de África. Soldados borrachos y drogados recorren las carreteras y se apostan en las fronteras siempre dispuestos a saquear al hombre blanco en primer lugar y luego a sus ciudadanos desarmados. Inicialmente, los cooperantes jóvenes no entienden como es posible que si ellos van a ayudar a lo que genéricamente conocen como “africanos”, sean precisamente los mismos “africanos” los que les imposibilitan a diario el desarrollo de su trabajo.

Muchos de ellos esperan como el mejor día de su vida, aquel en el que concluirá su compromiso con la ONG. Otros desisten el primer día y regresan a su país de origen en el mismo avión que les llevó a África. Los hay que enloquecen, caen en el alcoholismo y se convierten en puteros empedernidos que no creen en nada ni en nadie y mucho menos en la misión que les ha llevado a allí. Raich cuenta que parafraseando al clásico “el cooperante es un loco para el cooperante”. Las casas en donde viven, disponen de un lujo que suele contrastar con la miseria circundante; pero en su interior, aprenden pronto la moraleja de la obra de teatro de Sartre A puerta cerrada: “el infierno son los otros”. Las peleas en el interior de las casas donde viven los cooperantes son habituales, las incomprensiones continuas, los tipos raros, intratables, aquejados de mil paranoias o neurosis abundan en estos hogares provisionales. Raich realiza una tipología de los cooperantes verdaderamente mordaz. Los ha conocido demasiado bien como para equivocarse o como para que pueda dudarse de lo que dice.

En el mejor de los casos, el cooperante en lugar de ayudar, lo que busca es ayudarse a sí mismo, dar un sentido a su vida, participar en una misión humanitaria que, sin duda, será lo más importante que haya hecho en su existencia y que, a partir de ese momento, contará incluso a sus nietos. No, definitivamente, el cooperante no sale bien parado en el libro de Raich. Pero el beneficiario de la ayuda no sale mucho mejor.

No es Raich el único en pensar así. Personalmente he hablado con bomberos barceloneses que fueron a ayudar a ruandeses y volvieron traumatizados (en ocasiones, un europeo al salir de su oasis de relativa prosperidad, queda estupefacto de lo que ve) al ver que los padres robaban la comida a los hijos, una vez estos la recibían, sin importarles lo más mínimo que fueran a morir de hambre. Raich cuenta que en los campos de África es frecuente que las familias dejen de alimentar voluntariamente a uno o varios hijos para así entrar en programas para familias desnutridas. Simplemente los muestran para obtener las ayudas.

La ayuda humanitaria paraliza la iniciativa de quien la recibe. Éste tiende a pensar que durará siempre o al menos se aprovechará de ella mientras dure. El mañana no es algo que preocupe excesivamente en un África que vive al día. Frecuentemente y paradójicamente, las zonas subsaharianas que han aportado más inmigrantes a Europa son las más empobrecidas. En efecto, cuando los inmigrantes envían algunos dólares a su familia, lo que están haciendo es desmotivarlos para trabajar y cultivar la tierra: si tienen lo que necesitan, ¿para que esforzarse?

Los cooperantes están permanentemente enfrentados a un dilema: si “enseñan a pescar” a los receptores de la ayuda, corren el riesgo de que mueran de hambre; pero si les dan de comer para paliar su situación, tienden a desinteresarse de cualquier otra cosa que les puedan dar…

Además en África la noción de “comunidad” no existe. Los cooperantes están permanentemente rodeados de una corte de los milagros que permanentemente “se curran la página de la pena” contando todas las desgracias inimaginables para concluir la conversación pidiéndoles dinero. La mayoría de estas historias son fraudulentas y lo único que se persigue es el resultado final: el sablazo humanitario. Raich cuenta un caso paradigmático: un negro se le acerca y le cuanta desgracias absolutamente ficticias, luego le pide el consabido sablazo. Él no se lo da, por supuesto (tiene experiencia) y el africano se enfada: “¿Pero no estáis aquí para ayudar? ¡No hacéis nada!”. Raich le explica que él ha venido a ayudar a una comunidad y le cuenta lo que hace por ella (vacunas contra la disentería, provisión de alimento, montar un generador diesel, etc.). Pero el africano no se da por satisfecho: a él qué le importa todo eso, lo que desea es que le dé lo que él quiere. Y se va refunfuñando: “decís que venís para ayudar y no hacéis nada por mí”. En África parece que el individualismo haya suplantado absolutamente a cualquier rastro de sentimiento comunitario.

El espectáculo humanitario ha comenzado

En España hay en torno a 10.000 ONGs, la mayoría de las cuales no sirve absolutamente para nada y sus programas o bien son un fraude o bien se limitan a enviar una parte de los fondos recaudados a ONGs de la zona aquejada por algún conflicto. Sólo unas pocas realizan una verdadera ayuda. Son las menos y ni siquiera en estos casos puede afirmarse taxativamente que la ayuda sirva para algo. Todas estas ONGs actúan en función de los noticiarios. Estos son los encargados de generar la información y describir las “catástrofes humanitarias”. A partir de ahí, las ONGs empiezan sus campañas de recogida de fondos. Estos son entregados por un público extremadamente sensibilizado por las tragedias. Ven esas tragedias en la TV. Así pues, los mass–media están íntimamente relacionados con las campañas de las ONGs.

Al público le encantan las tragedias “fuertes”, “heavys”. Si la tragedia humanitaria no es extrema, el público no se moviliza. Y la ONG, consiguientemente, no recibe dinero… Los “parques temáticos” son extremadamente importantes para este fin: hace falta mostrar campos de refugiados, campos de antiguos niños soldados, campos de depauperados hambrientos, campos de afectados por malaria o SIDA, e incluso campos de minusválidos. Las ONGs forman estos campos y cada ONG tiene el problema de encontrar población que los llene. Si dispone de ellos, la CNN o cualquier otra cadena filma esos campos, con los adhesivos de las ONG, y ésta puede contar con recibir fondos. De lo contrario, estarán a dos velas. No puede extrañar que alguno de estos campos sea completamente ficticio y existan sólo en horas de oficina, luego los “refugiados” se van a sus casas, después de haber recibido el paquete de alimentos o cualquier otro premio. De entre todos, el campo temático más surrealista está en las inmediaciones de Freetown, los guerrilleros de la URM tenían la costumbre de cortar a la población civil algún miembro, un brazo, una pierna o más. Así pues, Ghana es un país repleto de mutilados. A nadie se le había ocurrido reunirlos en un campo de refugiados sólo para mutilados, pero alguna ONG se atrevió a ello con la perspectiva de que el impacto de las imágenes movilizase a los contribuyentes. Así ocurrió, en efecto.

Pero los medios de comunicación, frecuentemente, mienten, unas veces por desconocimiento y negligencia y otra por mala fe. El problema del “burka” en Afganistán es inexistente. Solamente lo utilizan las mujeres en las ciudades… y el 95% de la población afgana vive en el campo. Además, las propias mujeres afganas consideran que el burka es un signo de distinción y aspiran a tenerlo como en Europa las chicas aspiran al traje de novia. Sin embargo, una serie de medios de comunicación, ONGs y “líderes de opinión humanitarios” (Emma Bonino entre otros) empezaron a denunciar al régimen talibán y su ofensa a las mujeres afganas a las que obligaban a utilizar el burka so pena de graves castigos. Era falso. En Afganistán nadie obliga a utilizar el burka, ni antes de los talibanes, ni con los talibanes, ni con Hamid Karzai en el palacio presidencial de Kabul. Esas falsedades hicieron aceptable la versión de que Afganistán y el régimen talibán eran las criaturas predilectas del mullah Omar y de su régimen. Y esas falsedades hicieron más aceptable los bombardeos norteamericanos sobre Kabul… bombardeos en los que se alternaban misiles con ayuda humanitaria. ¿Estupidez? ¿Cinismo?

¿Marcar la casilla de las ONG en la declaración de IRPF?

No, desde luego. Marcar la casilla de las ONGs en la declaración de renta es alimentar un fenómeno bienintenciado en algunos sectores, perverso en otros, e inútil siempre. Al menos, marcar la casilla de la Iglesia es alimentar a algo que siempre ha estado en nuestro país. Por otra parte, hay que recordar que Caritas Diocesana es una de las ONGs con más experiencia, prestigio, eficacia y tradición.

Las ONGs surgieron en los años 70, eclosionaron en los años 80 y se hicieron omnipresentes en los 90. Están formadas por gentes solidarias que quieren hacer algo por sus semejantes, especialmente por aquellos que se sitúan en los lugares más alejados y exóticos. Dado que en España también hay pobres y menesterosos, parecería lógico que concentraran su ayuda entre nuestros compatriotas más desfavorecidos, pero para eso ya está Caritas Diocesana. Así pues, estas gentes humanitarias prefieren ir allí a donde los medios de comunicación han decidido que deben ir. Y van pensando que lo que esos mismos medios han proclamado, es siempre cierto. Lo cual no es en absoluto real. Además, casi por un reflejo involuntariamente racista, piensan que los receptores de la ayuda son una especie de seres inferiores y desvalidos.

Cuando concluyó la Guerra Fría se inició el período dorado de las ONGs. Podían llegar allí a donde los gobiernos no veían conveniente llegar. Además podían servir como informadores y espías. El Corps Peace está reputado de ser una antena “humanitaria” de la CIA y otras muchas sirven a sus respectivos gobiernos.

Es evidente que las dotaciones presupuestarias y las donaciones privadas que van a parar a las ONG, no resuelven ninguna de las graves crisis humanitarias desatadas periódicamente. Esta situación no se prolongará indefinidamente. Si bien los gobiernos “progresistas” y de izquierdas, sienten una particular debilidad por las ONGs, especialmente por las dirigidas por sus amigos, es aventurado pensar que tanto despilfarro presupuestario proseguirá hasta el infinito. A casi 30 años de sus comienzos, las ONGs no han mostrado ser el canal más adecuado para dirigir fondos a las zonas en crisis. Así pues, en los próximos años va a ser cuestión de ir definiendo otros modelos de cooperación y desarrollo. El libro de Raich, interesante, bien escrito, ameno y, desde luego, muy claro, contribuirá sin duda a que este nuevo modelo sea definido.

Tras cerrar el libro la primera idea que le viene al lector a la cabeza es que el actual modelo de ONG es absolutamente insostenible. Si la mayoría de ONGs que trata Raich en su libro son ONGs de cooperación y ayuda humanitaria internacional, la situación no es mejor en lo relativo a las ONGs que actúan en el territorio español.

II Parte: Otra forma de actuar, aquí y ahora

Hay áreas de la administración que dilapidan cientos de millones de euros al año. El gobierno está subvencionando a las más absurdas ONGs, cubriendo en algún caso hasta el 80% de su presupuesto (como el caso que denunciamos del Movimiento contra la Intolerancia) sin que su tarea sea en absoluto relevante, ni realicen ninguna aportación tangible a la sociedad salvo el enriquecimiento mesurable de sus administradores. El zapaterismo instauró la barrera–fetiche del 0’7%. Aunque nuestro país gozara de una desahogada situación económica, la lectura del libro de Raich, indica que habría que preguntarse si esa ayuda sirve para algo. Pero hay otra forma de enfocar la “ayuda humanitaria”. Esa otra forma está poniéndose en práctica por parte de organizaciones asistenciales de carácter patriótico, social e identitario, aquí y ahora…

Si el panorama diseñado en la primera parte de este artículo es completamente desolador, desde hace dos años, primero tímidamente y ahora a la vista de todos, se vienen desarrollando distintas experiencias acometidas por un nuevo modelo de “ONG”. Los medios han hablado abundantemente de ellos. Son organizaciones vinculadas a grupos patrióticos e identitarios.

Así se inició un nuevo tipo de ayuda social en Europa

Las asociaciones asistenciales vinculadas solamente a España 2000, por ejemplo, han repartido en los últimos meses unas cantidades crecientes de alimentos que en la actualidad están situadas en torno a las cinco toneladas y medias por mes. En algunas ocasiones, gracias a la acción de los medios de comunicación y a la protesta histérica de las formaciones de izquierdas, estos repartos han merecido amplios espacios informativos; en otras, esa ayuda se ha llevado muy discretamente y, poco a poco, ha ido alcanzando mayores niveles de eficiencia.

Inicialmente, la inspiración para realizar este tipo de “acciones humanitarias” vino de Francia, en donde, desde mediados de la primera década del milenio, se distribuían en las grandes aglomeraciones urbanas “sopas identitarias” sólo para ciudadanos franceses. Tales sopas incluían, de alguna manera, tocino para indicar simbólicamente que no estaban destinados a población musulmana. A fin de cuentas, cuando se entrega algo a alguien desinteresadamente quien lo da tiene derecho a cocinarlo con los productos que le de la gana, sin que eso pueda ser considerado “xenófobo y racista”…  especialmente cuando el consumo de carne de cerdo y derivados es habitual en el viejo continente.

La idea de estas “sopas identitarias” era, no solamente denunciar la presencia masiva de inmigración en Francia que estaba alterando el sustrato antropológico del vecino país, sino también responder a una necesidad cada vez más acuciante: los autóctonos no pueden competir con los inmigrantes para obtener esas ayudas sociales de los organismos institucionales correspondientes. Siempre existía por parte de las instituciones lo que podríamos llamar “el prejuicio nacional”, como si solamente existieran pobres y necesitados entre los inmigrantes, pero nunca entre los autóctonos. Y el problema es que la presencia de bolsas de inmigración en Europa ha hecho que reapareciera la pobreza en el viejo continente y que amplios sectores de las clases más desfavorecidas se vieran expuestos a procesos de pauperización. Las “sopas identitarias” contribuyeron a llamar la atención sobre este proceso que está en el origen del 25% obtenido por el Front National en las pasadas elecciones europeas y en su ascenso a primera fuerza política de Francia.

Luego fue en Grecia en donde parte del ascenso de Amanecer Dorado se debió a iniciativas similares. Así como en Francia se trató solamente de iniciativas realizadas especialmente por grupos “próximos” al Front National, en Grecia fue el propio partido Amanecer Dorado el que entrego directamente dichas ayudas. Incluso los trabajadores griegos inmigrados en el extranjero y vertebrados por Amanecer Dorado envían periódicamente toneladas de alimentos al territorio griego y nosotros mismos hemos sido testigos en Canadá de la importancia cuantitativa de estos envíos. 

Grecia es un país en el que existe desde siempre una extrema–izquierda particularmente agresiva que ha obligado a Amanecer Dorado a dotarse de un servicio de orden particularmente duro. Su ascenso en el firmamento político heleno solamente puede explicarse por el fracaso de todas las opciones políticas tradicionales, la mala gestión de los partidos democráticos, el desorden fiscal, la corrupción generalizada y la presencia masiva de inmigración imposible de acoplar en un mercado laboral en crisis, elementos que, finalmente, han cristalizado en fuertes movimientos de protesta a la derecha y a la izquierda del panorama político. Para Amanecer Dorado, la “ayuda a los nacionales” ha constituido una parte importante de su acción. Allí, los partidos del régimen, la extrema–izquierda y los medios de comunicación, han optado por evitar referirse a estas prácticas solidarias que no pueden sino generar simpatías por parte del electorado y contrapesar otros aspectos más problemáticos de la organización.

Experiencias en España

En España, las primeras muestras de este tipo de acciones aparecen hacia finales de la década anterior en el ámbito de España 2000. Debió ser en 2008 cuando tuvo lugar en Valencia la primera cena de navidad para parados. La crisis ha ido haciendo cada vez más necesaria esta actividad. En Plataforma per Catalunya y en determinados círculos culturales (el Casal Tramuntana, por ejemplo) también se han dado pasos en esa misma dirección. Estamos hablando de ayudas “reales”, no de una simple foto que indica una “intención” o un simple alarde propagandístico sin soporte real.

Tales ayudas se han materializado incluso en lugares tan distantes como Kosovo hasta donde han llegado furgonetas cargadas de material humanitario destinado a la población serbia de aquel enclave artificial creado por los EEUU y entregado para su gestión a la banda criminal y asesina de la UÇK. En este sentido, podemos constatar personalmente que la acción del grupo franco–español Ayuda a Kosovo, mereció incluso el interés del Ministro serbio para Asuntos de Kosovo quien nos comentó elogiosamente esa actividad en la propia sede del ministerio en mayo de 2012.

Todas estas experiencias indican que la “ayuda social” no es un capítulo vacío en España y en el ambiente político social–patriota e identitario, sino que se han hecho experiencias suficientes como para extraer consecuencias y centuplicar las acciones.

Iniciativa popular frente a subvención estatal

Los abusos cometidos por las ONGs entran dentro del proceso de desintegración del sistema político español nacido en 1978 y son solamente un aspecto parcial de la corrupción generalizada que carcome desde hace décadas su entramado interior. Las ONGs, para legitimizar su actividad y darle una credibilidad hoy perdida, deberían ser las primeras en exigir controles estrictos por parte del Estado y estar dispuestos a una fiscalización rigurosa de sus actividades. Pero es evidente que no tienen la conciencia tranquila. Cuando a la “conciencia humanitaria” se le pone precio, sueldo, comisiones, dietas y demás ¿en qué se queda? Respuesta: en “estafa humanitaria”. Si en España se alberga cierta reserva a señalar la casilla de ONGs en la declaración de Hacienda no es tanto por solidaridad con su oponente (la Iglesia Católica) como por la sensación de que la “estafa humanitaria” está llegando demasiado lejos.

El “apadrinamiento de niños” del tercer mundo, sin rostro real, es solamente una parte del problema. Algo más de 100.000 españoles entregan cada mes una cuota destinada a aliviar la situación de “un niño” en el Tercer Mundo… pero la mayor parte de ese dinero se destina al mantenimiento de la propia ONG, a sus salarios, a su promoción, a sueldos de su personal, etc. Nadie controla, por lo demás, el destino de cantidades exageradas de fondos entregados para los fines más absurdos en los países más inverosímiles, fines que importan muy poco incluso al contribuyente español más solidario…

No estamos muy seguros de cuál es el peor crimen de una parte de las ONGs: si apelar a la humanidad, los sentimientos y la emotividad para realizar un fraude de proporciones descabelladas, o bien realizar tal fraude con cargo a los presupuestos públicos, es decir, al dinero de todos y ¡sin que nadie, absolutamente nadie, por increíble que parezca, tenga que justificar fehacientemente en qué emplea esos fondos públicos!

Frente a este modelo de “cooperación” las experiencias realizadas por las organizaciones asistenciales de tipo patriótico y social, en toda Europa y muy particularmente en España, indican que “otro modelo” es posible. Veamos sus principales rasgos.

La primera característica de esta nueva práctica es su voluntariedad. Todos los que participan en su actividad son exclusivamente voluntarios, no existe profesionalización de ningún tipo: el 100% de los medios de los que disponen estos grupos se emplean para lo que han sido recogidos. Ni una botella de aceite, ni un paquete de arroz, se van para pagar en especies a la burocracia de la “ONG”. La ayuda o es desinteresada o no es ayuda a otros, sino ayuda a sí mismo.

La segunda característica es que estas “ONGs” cuentan con medios facilitados, desinteresada y conscientemente por la población, no utilizan dinero público. Son españoles sensibilizados y solidarios con el destino de sus co–nacionales a los que prestan su apoyo. Esto implica que existe “solidaridad nacional” y que quienes experimentan esa sensación confían, además, en quien se ofrece a realizar la función de simple canal de distribución entre los “dadores” de la ayuda y los “receptores” de la misma. Los repartos de alimentación han sido siempre públicos y, por tanto, las cantidades entregadas son mesurables. Los medios de comunicación invitados a estos actos han ejercido de “notarios” de tales repartos.

Inicialmente, el Hogar Social Mª Luisa Navarro, en Valencia, recibía provisiones del Banco de Alimentos para entregarlos a determinadas familias necesitadas. Era frecuente que los servicios sociales “ordenaran” la entrega de alimentos a personas de nacionalidad extranjera que, simplemente, no los necesitaban y que parecían no tener ningún problema económico para lucir uñas de porcelana… Cuando el diario El País publicó las primeras noticias sobre la vinculación del Hogar Social a España 2000, el Banco de Alimentos canceló la relación. La ruptura de relaciones fue extremadamente positivo porque indicó que si se quería distribuir ayuda “a españoles” había que hacerlo fuera de los canales oficiales y, para ello, había que apelar a la propia militancia y, muy especialmente, a la ciudadanía.

La transparencia sobre el destino de la ayuda es otra característica axial de estos grupos. Nunca nada permanece entre tinieblas y bajo sospecha en este tipo de ayuda. Todo debe ser evidente, mesurable y reconocible. No debe de haber nada inconfesable ni sometido a dudas. Es hasta cierto punto gracioso que las mismas ONGs que se nutren de dinero público sin dar explicaciones son las que, abochornadas por el ejemplo de quienes ayudan en régimen de absoluto voluntariado gratuito y con recursos recogidos pacientemente, acusen de “xenófobos y racistas” a quienes han hecho de la ayuda a “nuestra gente” un eje de su actividad.

Organizaciones de Ayuda a la Población de origen Español (OAPE) frente a ONGs.

Todo esto hace que la acción de estos grupos sea muy diferente al de las ONGs tradicionales, hasta el punto de ser otra cosa. “ONG” es hoy, aquí y ahora, sinónimo de ayuda prestada con dinero público, de opacidad, de funcionarios a sueldo, de dietas y hoteles de alto standing, de corte de listos y espabilados, de grandes ideales humanistas y altruistas que encubren pobres miserias y regímenes de corruptelas… No, definitivamente, una ayuda real no puede basarse en quienes se ayudan solamente a sí mismos. Estamos ante otro fenómeno al que hay que calificar con otro nombre.

Las Organizaciones no Gubernamentales que viven del dinero público son una cosa, las Organización de Ayuda a la Población de origen Español (OAPE) son otra. Y este es el nombre que más les cuadra. Las OAPE simplemente “ayudan a la población”, a esa población que no recibe ayudas públicas por parte del Estado que debería protegerles, ese Estado que, para colmo, es el responsable principal de su situación y que se desinteresa de la ayuda real simplemente porque no genera comisiones de ningún tipo. 

Las OAPE ayudan “a españoles”… tal es el “crimen”. Pues bien, no, quien verdaderamente tiene un comportamiento censurable son los ayuntamientos, el propio Estado, las autonomías, quienes utilizando todo tipo de subterfugios legales prefieren ayudar a inmigrantes que a ciudadanos autóctonos, olvidando que esos inmigrantes, todos ellos, son ciudadanos de Estados que deberían preocuparse especialmente de ellos. Ellos tienen “su” Estado, pero les resulta más fácil vivir a costa del nuestro.

Cabe preguntarse porqué el Estado Español presta más ayuda a la inmigración que a sus propios ciudadanos. Los motivos son varios. En primer lugar: cuanta más inmigración haya en España, los salarios tirarán más a la baja y dado que no podemos modificar la cotización del euro y devaluarlo para ganar competitividad, la vía elegida consiste en rebajar salarios, anular derechos adquiridos, facilitar el despido y disminuir prestaciones sociales. Si los inmigrantes no reciben ayudas del Estado simplemente se van a otro país y el valor de la fuerza de trabajo sube de nuevo: a menos aspirantes a un puesto de trabajo, más debe crecer la remuneración salarial. Dicho de otra manera: con dinero público (de todos) se mantiene a la inmigración que solamente beneficia a determinadas patronales particularmente bien relacionadas con los aparatos de poder (ayer constructores, hoy sector servicios y especialmente turismo)…

Por eso las OAPE optan por ayudar fundamentalmente a españoles. Porque nadie más se preocupa por ayudar a nuestra gente. Y son “nuestra gente” porque son hijos de esta tierra. Porque ellos y sus antepasados han contribuido a levantar este país. Por eso las OAPE proponen una “discriminación positiva para españoles”.

III Parte: El futuro de las OAPE

Hace falta encuadrar la acción de las Organizaciones de Ayuda a la Población de Origen Español dentro de la actual situación de crisis económica y crisis del sistema político. Hace falta, finalmente, que las acciones hasta ahora limitadas de estas OAPE (existen en España en torno a una decena de este tipo de asociaciones) cristalicen en un fuerte movimiento solidario capaz de despertar conciencias y posibilitar la supervivencia en tiempos difíciles de familias españolas víctimas de la crisis. Hoy es preciso hacer algo por nuestra gente.

Hay un problema: es falso que descienda el número de inmigrantes. Esa es otra de esas mentiras estadísticas que se vienen repitiendo y que, finalmente, terminan siendo asumidas por el discurso oficial del stablishment. Las estadísticas demuestran que si la cifra de inmigrantes “disminuye” no es tanto por el hecho de que se estén yendo, como porque paulatinamente van desapareciendo nombres de la lista de inmigrantes, y recibiendo carnés de identidad españoles. Si la población total del país disminuye, no es tanto porque se esté produciendo un retorno masivo de inmigrantes a sus países de origen, como por el hecho de que cada vez más españoles, especialmente jóvenes y preparados, se van de España a la vista de la falta de perspectivas laborales y profesionales.

Hacer algo por “nuestra gente”

Las OAPE no están obligadas a ayudar a quienes han recibido hace poco la nacionalidad española por vía administrativa. Su obligación es ayudar a “nuestra gente”: a aquellos que han construido nuestro país y que son hijos de generaciones de españoles que han ido trabajando sin descanso para el progreso del país y de nuestra sociedad. El derecho de sangre es la base sobre la que las OAPE tienen que basar su ayuda… y ese derecho de sangre no cambia por una simple resolución administrativa.

Sólo así puede evitarse que un islamista radical con aspecto de talibán, modales de talibán y fe ciega de talibán, pueda ser considerado en el mismo plano que un católico navarro, un campesino viejo de Calatayud o una mari vasca, señora de su caserío. Sólo así puede evitarse que el miembro de una banda latina que odia todo lo que no pertenece a los altos muros de su secta y especialmente al país que sus padres andinos han elegido para vivir, esté en condiciones de recibir la misma ayuda que un esforzado estudiante catalán, un parado andaluz o un joven agricultor gallego.

Las OAPE no trabajan con dinero público, por tanto, tienen “reservado el derecho de dar ayudas” a quienes consideren como las partes más frágiles y necesitadas de la sociedad española. Esa es “nuestra gente” y es con ellos con los que las OAPE deben ser solidarias. La inmigración, los “nuevos españoles” con DNI recién adquirido son cosa del Estado y de sus ONGs: estos ya tienen quién les ayude, “nuestra gente”, el español que ha sido nuestro vecino de siempre, que ha tenido mala suerte, un revés laboral, no tienen, en cambio, quien le apoye. Si alguien podría ser acusado de “xenofobia y racismo” es precisamente ese Estado que niega a su propia gente lo que entrega tan graciosamente a foráneos.

Por otra parte, es rigurosamente cierto que estas OAPE han prestado ayuda a nacionalizados españoles en circunstancias especiales: cuando se trataba de gente visiblemente integrada en nuestra comunidad, cuando se trataba de personas en situación de evidente carestía y cuando se ha tratado de familias en las que uno de los miembros era español de origen. Hay prioridades tanto como hay ausencia de prejuicios: la prioridad es ayuda a españoles de origen; el prejuicio de xenofobia y racismo está por completo ausente de la actividad de las OAPE y debe seguir ausente.

 
(c) Ernesto Milà - infokrisis - ernesto.mila.rodri@gmail.com - Prohibida la reproducción de este texto sin indicar origen

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